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¡A jugar!

¿Compartimos algo con seres tan diversos como un erizo, una nutria, un canguro, una ballena, un murciélago o una musaraña? La respuesta es sí. Somos mamíferos, es decir que aparte de poseer pelo, durante nuestra más tierna infancia dependemos de la leche materna para sobrevivir. Sin duda, ¡todo un logro evolutivo!

Además, en toda edad, pero sobre todo cuando jóvenes, los mamíferos dedicamos tiempo a jugar, pues nacemos inacabados y tenemos la oportunidad de crecer jugando. Las personas jugamos para desarrollar la capacidad de imaginar y de expresar, de relacionarnos entre nosotros y con lo que nos rodea. El juego también es un magnífico entrenamiento para el cambio, para experimentar novedades interpretando señales, cuidando a otros o resolviendo conflictos. En definitiva, es una actividad que interesa, nos hace sentir mejor, gozamos y a la vez aprendemos.

El juego constituye un medio privilegiado para fomentar talantes proambientales y la educación ambiental tiene esto muy presente, de manera que lo utiliza como instrumento. En educación ambiental no se juega por jugar y se es muy consciente que las dinámicas lúdicas permiten promover actitudes en las personas para hacerlas “caer en la cuenta” e interiorizar que los recursos del Planeta son finitos y que éste tiene unos límites que no es prudente sobrepasar.

Así, los escenarios imaginarios que crea un juego dan la posibilidad de comprender procesos complejos, transmitir mensajes y contenidos o provocar el análisis y la reflexión ante situaciones o problemas -reales- ambientales. Queda el siguiente paso y fin último de la educación ambiental: adquirir la determinación para actuar ante esos problemas.

Crear nuevos juegos, adaptar los “de toda la vida”, o mezclar unos con otros para que jugar sea un placer y un momento de aprendizaje no exento de reflexión, es una parte importante de una acción de educación y sensibilización ambiental bien construida.

Jmbaselga

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